FAMILIA SUMERGIDA (Ana Uslenghi)

En Los inmortales, un cuento donde narra la búsqueda de la inmortalidad, Borges escribía que «la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño». Así, entre lo patético, en el sentido de dolor profundo, y la más sutil belleza vaga Marcela, la protagonista de Familia sumergida, ante la pérdida de su hermana, Rina. El duelo y la ausencia del ser querido se hacen presente poco a poco en el desorden y el bullicio del apartamento en el que convive con su marido y tres hijos, que parece demasiado pequeño y asfixiante para esa inesperada irrupción de la muerte. Los platos sucios se acumulan en la pica, la lavadora hace un ruido extraño y la mujer en crisis a la que pone cuerpo una Mercedes Morán en estado de gracia parece empeñada en mantener algo de lo irrecuperable que deja la persona que no está más, conservando dos o tres objetos que le pertenecieron: sus plantas, un abrigo de piel, unas gafas de sol… «No sabía que dibujaba todo lo que tejía —comenta mientras vacía el piso de su hermana— Nadie podrá aprovechar esto. Yo no tejo, mis hijos tampoco.» 

María Alché acompaña la soledad de su protagonista entrelazando la tristeza más absoluta con la naturalidad de lo cotidiano: en las lágrimas desconsoladas que afloran mientras se toma una lección de geografía, las de una mujer que finge y no muestra su aflicción ante su familia. El quiebre ocasionado por el fallecimiento de Rina, sin embargo, no es ruptura, sino un tránsito manso y apacible en el que ya no se distingue los que supuestamente están (el padre y esposo ausente, ese amante que desaparece misteriosamente) con lo que no están (las tías, tíos y familiares fallecidos que en una escena magistral aparecen en el salón del apartamento de Mercedes). 

Los recuerdos y momentos oníricos transcurren gráciles en plena convivencia con el mundo de los vivos, gracias a una cámara que pareciera desdibujar los rostros como los de los sueños, como decía Borges en Los inmortales. Marcela, sin duda, se conmueve por su condición de fantasma (o por sus fantasmas) que hizo presente la partida de su hermana, y que ha movido sus horizontes vitales. La muerte que hace presente lo precioso y patético de la vida, en definitiva.

Autora: Ana Uslenghi

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