Atántida Film Festival 2020: WATER LILIES (Izaskun Montes)

WATER LILIES es otra de esas historias sobre la adolescencia que nos incomoda porque nos pone un espejo delante de los ojos. Todas hemos sido uno de los tres personajes que Céline Sciamma nos dibuja con apenas dos trazos que lo expresan todo, como en la pintura de Monet homónima a la película. Todas hemos sido la princesa, o hemos seguido a una con la lealtad ciega de un cachorrillo. Todas hemos sido la niña enamorada dispuesta a todo por un deseo que aun no tiene nombre. Lo que las tres tienen en común es la urgencia aún infantil del deseo. Una fuerza salvaje que aún no controlan en la encrucijada en la que se encuentran, atrapadas en cuerpos que no reconocen.

Cada uno de los personajes encarna los tres arquetipos de la adolescencia: Anne, una niña metida en un cuerpo de mujer adulta, se niega en redondo al cambio que quiera o no la acabará engullendo. En un mundo que ya las considera piezas utilizables o carne de polvo fácil aún son cachorros incapaces de gestionar todo esto. Las mujeres-niñas como Floriane, Anne y Marie están atrapadas entre dos mundos.

“Quiero un Happy Meal. Quiero el juguete”, protestará Anne en una hamburguesería, incrédula ante una negación que desde su mente de niña considera arbitraria. ¿En qué momento esa camarera tiene el poder de decisión sobre ella? ¿Desde cuándo depende de una mirada externa que le diga lo que es, o en que etapa se encuentra? Injusto como es, esa negativa encarna la sociedad adulta, que ya la reclama como a una de ellas.

Marie encarna el testigo casi mudo de los cambios. Silenciosa, introvertida, con un entorno familiar mudo, se debate entre lo conocido o el mundo infantil que supone su amistad con Anne y lo excitante del mundo adulto. Floriane encarna esa nueva etapa que aun vislumbra lejana (“todavía no tienes tetas”, le espetará Anne) pero llena de aventuras intensas y terribles. De poder. De ahí que se enamore de Floriane, que sienta que tiene que distanciarse de su mejor amiga a la que considera una carga. Vacía, ya no tiene  nada nuevo que aportar.

Floriane es el personaje más complejo. Es la princesa que baila sola, enamorada de sí misma, encantada con el deseo y envidia que su nuevo cuerpo provoca, con las alusiones sexuales entre otras a las que considera rivales.

Como la princesa que es, otorga pequeños favores a Marie, usándola como peón para construir una jugada, o como trampolín sobre el que impulsarse. Por mucho que lo niegue con sus miradas frías de mujer fatal, solo es una niña, y como tal, tremendamente egoísta. Inmensamente libre, también. “Tu amiga juega a ser puta”, avisarán a Marie, que lo desechará como celos. “No es mi amiga”.

Efectivamente, no es su amiga. Es su vida. Enamorada como un perrillo, demostrándole una lealtad ciega que la otra no merece, Marie la sigue hasta el fin del mundo, a sus citas a escondidas, a discotecas en las que Floriane explora su poder apoyándose en ella. Floriane, tan perdida como las otras dos en este mundo en el que depende de la admiración de terceros para hacerse valer. Tan necesitada de certezas y aferraderos para crecer como las otras dos. ¿Supone un castigo para ella perder el favor de Marie, o de uno de los chicos? ¿Suponen piezas intercambiables para ella? No lo sabremos. De lo que estamos seguras es que se alimenta de la admiración que provoca en otros, y algo nos dice que así seguirá en su vida adulta.

Céline Sciamma se nos muestra una vez más como una retratista fuera de lo común, metiéndonos de lleno en una historia a la altura de Retrato de una mujer en llamas, y que nos recuerda a Tomboy. Una vez más, nos habla de un verano excepcional, tras el cual nada volverá a ser igual. Sus personajes siempre bucean en las aguas turbulentas de un nuevo mundo, y  esta historia nos toca muy hondo porque nadie sobrevive a la adolescencia como entró en ella. Porque cuando entramos aún queremos seguir saltando en el trampolín del jardín, llevar las uñas pintadas de un rosa chicle desguazado y jugar a juegos tontos con nuestra mejor amiga. La que ha sido nuestro refugio durante toda nuestra vida, y que ahora se revuelve contra nosotras. Y cuando salimos lo hacemos en carne viva, en cuerpos que no reconocemos, como si habitáramos en una casa que ya no fuera la nuestra, y a la que nos llevará años acostumbrarnos.

Utzi erantzun bat

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